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martes, 25 de diciembre de 2012

Iglesia de san Antonio, abad, -III y final.


Nos dirigimos ahora a la nave contigua, capilla de Jesús Nazareno o del Santo Crucifijo, construida, según comentábamos al principio, por Diego Antonio Díaz en el primer tercio del siglo XVIII. Es de planta rectangular, aunque más larga que la del antiguo convento. Los retablos se alojan en hornacinas practicadas en los muros laterales y, a los pies, se sitúa la portada que se abrió en el XIX anteriormente comentada. Por esta portada sale la cofradía que abre la madrugada del Viernes Santo.
Uno de los dos arcos de comunicación entre ambas naves.
Vista de los pies de la capilla del Santo Crucifijo.
Bóveda de la capilla.
Vista general de la capilla desde los pies de la misma.
Comenzamos nuestro recorrido precisamente por los pies de la nave, a espaldas de esta puerta. Recorremos el muro de la Epístola y vemos, en primer lugar, un lienzo en forma de luneto que representa la escena de la Crucifixión.
Luneto con representación de La Crucifixión.
Le sigue el retablo de san José con el Niño, con abundante ornamentación que hace sospechar que data de mediados-finales del XVIII. Según leo en la página de la hermandad, la talla está asociada al círculo de José Montes de Oca.
Retablo de san José.
San José con el Niño. Grupo escultórico asociado
a la escuela de José Montes de Oca.
Un retablo dedicado a la Virgen de la Antigua viene a continuación. Esta advocación de la Virgen se representa mediante una copia de la imagen de la catedral, es decir, pintura estilo icono bizantino. A sus lados se sitúan dos tallas de san Joaquín y santa Ana.
Retablo de la Virgen de la Antigua.
Llegados ya al presbiterio, vemos en su muro derecho, en el interior de un arcosolio, la Cruz de Guía de la Hermandad, que nos recuerda que la Santa Cruz de Jerusalén es uno de los titulares de la misma.
Cruz de guía de la hermandad.
En la Capilla Mayor recibe culto María Santísima de la Concepción, acompañada de san Juan Evangelista. Ambas tallas se muestran en un retablo neobarroco-modernista, para el que se han utilizado como elementos de exorno partes plateadas del antiguo paso de palio de la Virgen de la Concepción.
Capilla Mayor. María Santísima de la Concepción y san Juan Evangelista.
La imagen de la Virgen es obra del escultor contemporáneo Sebastián Santos Rojas, adquirida por la hermandad en 1.954 para sustituir a otra muy antigua, con mascarilla de Cristóbal Ramos, que había sufrido graves deterioros con el paso del tiempo.

San Juan Evangelista, que acompaña a María Santísima en la Estación de Penitencia, es talla antigua, de candelero, retocada y modificada en la segunda mitad del siglo XVIII por Cristóbal Ramos y totalmente restaurada en el año 2.000.
En el muro izquierdo del presbiterio se abre el segundo arco que comunica con la antigua iglesia del convento.
Segundo arco de comunicación entre las dos naves.
Bóveda de media naranja de la capilla.
Regresando a los pies por el muro del Evangelio, situado entre los dos arcos de comunicación entre ambas naves, llegaremos al retablo del Cristo de la Buena Muerte. Se trata de una imagen “de papelón” (pasta de papel), anónima, realizada a mediados del siglo XVIII. Dos ángeles pasionarios acompañan a Jesús.
Retablo del Cristo de la Buena Muerte.
Cristo de la Buena Muerte. Anónimo, siglo XVIII.
Le sigue una pequeña hornacina protegida por un vidrio que cobija un busto de un Ecce Homo, del que no he podido obtener información. Sobre ella, un óleo nos presenta a san José con el Niño Jesús.
Ecce Homo. Sin información.
Finalmente, ya en los pies de este muro del Evangelio, un luneto gemelo del frontero que vimos anteriormente nos muestra una escena de Cristo con la cruz a cuestas camino del monte Calvario. Bajo él, un retrato de san Antonio María Claret, ilustre hermano de la Archicofradía.
San Antonio María Claret, ilustre hermano de la Archicofradía.
Terminada la visita podemos reflexionar sobre la misma. No se trata esta iglesia de san Antonio de la típica iglesia/convento sevillanos encerrados en sí mismos y poco abiertos a la visita. Al contrario, el trasiego de personas es continuo, tanto en el atrio (sobre todo ante la pequeña talla de san Judas Tadeo), como en el interior de ambas naves.

Tampoco es lugar en que el visitante se siente o se arrodille y pase horas ante la  imagen de su devoción. Debido, supongo, a su céntrica localización, el devoto entra, reza una rápida oración o hace una petición o ambas cosas, y se retira rápidamente a continuar con sus quehaceres.

El estado de la iglesia es impecable, sobre todo después de la reciente intervención sobre las pinturas de los muros laterales del presbiterio que, por cierto, han permitido atribuirlas a José del Castillo y no al círculo de Espinal, como se creía. Tan solo desentona un poco el mal estado de las pinturas de la pequeña bóveda de arista del presbiterio que, supongo, se ha dejado para posterior ocasión. Igualmente, sería deseable la rotulación de retablos e imágenes.

La entrada está provista de rampas de acceso, por lo que no hay dificultad alguna para personas con movilidad reducida.

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